Hoy, las Guerras Púnicas

Leopoldo Abadía
He acabado de leer Africanus. El hijo del cónsul, de Santiago Posteguillo, el primer libro de una trilogía sobre Publio Cornelio Escipión. Me lo recomendó mí hijo Carlos y me ha entusiasmado. Yo sabía, más o menos, lo de las Guerras Púnicas. En el Colegio del Salvador, en Zaragoza, había desafíos entre grupos de chavales. Unos éramos de Roma y otros, de Cartago.
Parece que así desarrollaban en nosotros la competitividad. Esto lo digo porque cuando Salomón, o uno de aquella época, no estoy seguro, dijo aquello de “nihil novum sub sole» y todo el mundo le aplaudió, realmente no estaba diciendo más que lo que todos sabemos: que todo, incluso lo de la competitividad, estaba inventado. Quizá los jesuitas de mi colegio lo hacían de un modo un poco rudimentario, pero, en el fondo, era lo mismo de ahora: ganar al otro.
(Ya sé que esto es una exageración, porque estuve viendo ayer el primer móvil que tuve –lo tengo guardado en una vitrina– y pienso que aquello fue algo nuevo y que, comparado con mi iPhone actual, es una antigualla).
Los miles de muertos me han hecho recordar lo que dice el Papa. Que se sigue despreciando al hombre. Que hay quien ve en los hombres escalones para subir. Que eso pasa en países que se dicen ricos… y en países que llamamos pobres
Las Guerras Púnicas (alrededor de 200 años antes de Cristo) estaban basadas en el número de hombres. Había también elefantes (Aníbal les hacía pasar los Alpes como quien lava), barcos y, cuando había que atacar una ciudad fortificada, fabricaban in situ escorpiones, unos chismes que tiraban unos pedruscos enormes. Había otras cosas más al alcance de las amas de casa, que, muy modositas y muy hacendosas, hervían peroles grandes de aceite que tiraban hirviendo sobre los atacantes, que, como es natural, caían absolutamente hechos polvo y no se recuperaban jamás.
Los miles de muertos eran simplemente un dato. Aníbal, que era bastante bestia, paseaba por el campo de batalla, felicitándose por la victoria mientras evitaba pisar los muertos para no ensuciarse las sandalias, porque la sangre es muy difícil de quitar y las sandalias eran nuevas.
Leeré los dos tomos siguientes de la trilogía. Sé que, al final, ganó Escipión, pero quiero saber cómo, porque por ahora van empatados.
Al acabar Africanus, he empezado a leer una novela de Frederick Forsyth para descansar, porque necesito airearme después de 800 páginas de guerras púnicas.
He leído también, otra vez, La alegría del Evangelio, del Papa Francisco. Me he quedado con la duda de si él ha leído el libro de Posteguillo, si Posteguillo ha leído el escrito del Papa o si es que las cosas no han cambiado nada desde el año 200 antes de Cristo, cuando Aníbal y Escipión se pegaban bofetadas, aunque, en general, las bofetadas se las llevaban los miles y miles y miles de desgraciados que morían o se quedaban muy estropeados después de las batallas.
En mis lecturas, me acordé de esa frase que oigo tantas veces por la calle, en los taxis y en el AVE: «Siempre pagamos los mismos».
Es verdad que Aníbal perdió un ojo, aunque fuera por una infección al meterse por donde no tenía que haberse metido. Y que al padre de Escipión se lo cargaron guerreando. Pero los miles de muertos, a los que les daban dos vasos de vino la víspera de una batalla para animarles, me han hecho recordar lo que dice el Papa. Que se sigue despreciando al hombre. Que hay quien ve en los hombres escalones para subir. Que eso pasa en países que se dicen ricos… y en países que llamamos pobres.
El Papa dice que tenemos claro el «no matar» pero que, hoy, «tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad».
Si desde el año 200 antes de Cristo está despreciándose al hombre y estamos en 2014, resulta que llevamos 2214 años haciendo el bestia
A Posteguillo no le habrá llamado la atención que el Papa diga que «se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar». Y que «los excluidos no son explotados, sino desechos, sobrantes». Me ha recordado los festines que se pegaban los buitres después de una batalla. Les daba lo mismo que los cadáveres fueran romanos o cartagineses. Todos estaban igual de ricos.
En La verbena de la Paloma hay un dúo entre Sebastián y don Hilarión en el que Sebastián dice que «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», a lo que don Hilarión contesta que “es una brutalidad” y Sebastián remata, asegurando que es “una bestialidad”.
Totalmente de acuerdo con lo de barbaridad, brutalidad y bestialidad.
Pero no estoy de acuerdo con lo del avance. Porque si desde el año 200 antes de Cristo está despreciándose al hombre y estamos en 2014, resulta que llevamos 2214 años haciendo el bestia. Antes, con jabalinas, catapultas y espadas. Ahora con una crisis financiera que «nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!».
Y nosotros, venga a buscar soluciones técnicas a un problema moral.
Y claro, no las encontramos.
Referencia: http://owl.li/vGa1e